speak now or forever hold your peace in pieces

5/11/10

Looking for her

Si alguien no se quiere spoilear GRAVEMENTE de mi historia, que no-lea-esto ò_o
Primero lo supe por el ruido ensordecedor que me despertó de pronto aquel atardecer de domingo. Me había quedado dormida en el sofá y me daba vueltas la cabeza. Desorientada, miré por la ventana que daba afuera y lo vi. El humo que ascendía por la pequeña calle perpendicular a la avenida, ésa que iba hacia el Hospital. Vi esa niebla gris horrible que dejaban las bombas al estallar en las colinas junto a la bahía. Até cabos. Aquella tarde Nate no estaba en casa. Había ido a... casi me desmayé.
Con el corazón y los pulmones hechos un nudo, tropezando, corrí escaleras abajo. Sin embargo, aún no había pruebas, no era seguro... Pero una aterradora corazonada me decía que sí. Casi echaba a volar cuando abrí la puerta de la entrada de par en par, crucé el jardín y me lancé calle arriba. El humo era más denso, se me metía en los ojos y me asfixiaba, pero no más que la opresión que notaba en el pecho.
Y oí los gritos de la gente, y un gran edificio... en ruinas... Grité. Saqué toda mi alma en ese grito, y me dolía todo, me quise morir porque ya no quedaba nada. Se me doblaron las rodillas. No veía bien. Por el humo, por las lágrimas. Todo me parecía vacío y sin sentido, y sin embargo ahí estaba el Hospital, derruido, en llamas... Era lo único que parecía cobrar sentido dentro de mi cabeza. Así que me levanté, desangrándome por dentro, me dirigí hacia allí... Un hombre con cara de aflicción me paró. Todos muertos, dijo. No, todos no, respondí. Nate no. Nate no. Pero algo en la cara de aquel hombre...
-¡No!
Y aquel hombre rompió a llorar, y entendí que él también debía haber perdido a alguien. Pero no me importaba. Porque yo quería a Nate, y lo quería ahí mismo. Con once años, enroscando un mechón de mi pelo en su dedo índice y explicándome cómo hacían los nidos las aves. Lo quería con diecisiete, gritándonos cosas que los dos habríamos preferido olvidar. Solo me quedé con su cara risueña y su corazón de latidos desiguales.
Aquel día unas palabras se me grabaron a fuego en la cabeza. Quemaban.
Ya. No. Está. Contigo.
Así que, odiando a todo lo que seguía respirando, odiando al viento por no dejar de aullar en mis oídos, odiando al mundo por seguir girando, corrí hacia el único lugar donde había algo que podía salvarme. Entré en el cielo sin llamar.

Llegué a mi habitación resoplando. Y le encontré sentado en mi cama, y la claraboya abierta, y el humo entrando en mi casa. En cuanto me miró con esos ojos que te desgarran rompí a llorar como una niña pequeña, me arrodillé en el suelo y empecé a gritar entre sollozos, y mis palabras amargas rebotaban en las paredes y empecé a desfallecer.
-He visto el humo desde el tejado. El Hospital, ¿qué ha pasado? Ya no está.
Le odié por decir esas cosas tan obvias que me apuñalaban una tras otra. No se movió. No pude soportar su mirada de comprensión, que después evolucionó en compasión y finalmente en una tristeza más honda que nunca. Más te valdría estar muerta, pensé, así que me levanté rompiéndome y me encaramé a la claraboya, y me detuve a observar el mar, que se extendía frente a mí, azul y opaco. Vi el jardín trasero, y la calle. Unos veinticinco metros. ¿Moriría? Seguramente.
Me senté tranquilamente en la repisa que daba al vacío, con los pies colgando. Uno, dos, tres. Y unos brazos me agarraron por detrás y me obligaron a retroceder. Di gracias a Dios por tener a Sky ahí cerca. Él sí que sabía lo que valía la pena y lo que no. Me abrazó y perdí todo el oxígeno en los pulmones, y de nuevo las lágrimas recorrieron mis mejillas y se posaron en sus brazos, como si le quisieran más a él que a mí. Malditas lágrimas. Traidoras. Él no paraba de susurrarme cosas al oído, parecían trozos de canciones, una detrás de la otra, tan rápido que empecé a marearme, y de pronto dijo:
-Nunca, nunca, nunca, Deb. Nunca hagas eso. Te odiaré si lo haces.
-Cállate –yo sí que le odiaba. No me dejó matarme.
-¿Sabes? Cuando te conocí pensé que deberías estar muerta.
-¿Por qué...? –ya dejé de luchar contra mí misma y me dejé caer, pero Sky estaba allí para recogerme, como siempre.
-Porque Dios no puede dejar vivir a un corazón tan grande como el tuyo. Pero ahora lo veo, no debes estarlo, no. El mundo te necesita, yo te necesito. Y si Dios no ha permitido que mueras hasta ahora, no tienes por qué adelantarlo. ¿Me oyes?
Lloré como si me fuera la vida en ello, y le odié y le quise más que nunca.
-No llores. Una vez oí que las lágrimas son trozos del alma. Y creo que a la tuya ya le faltan suficientes cachos como para la rompas más.
Quise decirle que su voz me mataba, que sus ojos encendían hogueras en los míos, que en ese momento le necesitaba porque yo no era yo y el mundo era más hostil que nunca. Y me faltaba medio corazón, pero no se puede vivir solo con una mitad.

De aquella noche no recuerdo mucho, sólo las lágrimas y los besos debajo de la sábana. Y después miramos las estrellas a través de la claraboya, que nos observaban como millones de ojos curiosos y brillantes.
-Joder, Deb. Dónde has estado toda mi vida –lo susurró a salvo en el hueco entre mis omóplatos y sentí un escalofrío.

1 comentario:

  1. Hallelujah. Esa es la canción que le pega. (A lo mejor es porque tengo una obsesión insana con esa canción)Lo he A M A D O. Así. Todo bien separado, para que tenga más fuerza, porque entre las letras, hay un montón de cosas que he sentido y no soy capaz de escribir. Te has superado, chica, pero de un modo estratosférico, joder.
    En serio, no se que decirte porque se me han enganchado las palabras en los dedos y no salen. Pero Sky es simplemente fantástico y Deb totalmente imperfecta. Me encantan los dos.

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