speak now or forever hold your peace in pieces
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29/1/11
Lo peor del final es que tienes que volver a empezar. Tienes que levantarte del suelo y pensar que todo irá bien, que puedes ser feliz como antes, pero no puedes, porque en verdad todo se ha ido a la mierda y esas personas se han ido y ya no estarán contigo nunca, por mucho que llores, supliques, grites. En mi caso, me dije que incluso muerta una se sentiría mejor. Luego recordé que si lo hacía... Si lo hacía, Sky me odiaría. ¿Sky? Ah, no, que está muerto. Entonces sentía un nudo muy fuerte en el pecho y no conseguía respirar, y al final tenía que romper a llorar o si no reventaría.
9/11/10
I believe in hope.
Todos necesitamos a alguien que nos diga la verdad cuando todos los demás no lo hacen. Cuando los otros desvían los ojos y sonríen, pero tú no necesitas sonrisas, necesitas un trozo de tierra sobre el cual poner los pies. Yo tenía a Sky, porque él sí sabía lo que era verdad y lo que era mentira, lo que era bueno y lo que era malo, lo que era cielo y lo que era infierno.
Pero también necesitamos a alguien... a alguien que nos suavice las verdades con rayos de sol y que nos rescate cuando nos estamos muriendo y nadie se da cuenta. Ahí entraba yo. Debbie, la niña que nunca fue una niña pero sin embargo deseaba serlo con todas sus fuerzas. Yo creía en la esperanza, en que algún día nos despertaríamos por la mañana y estarían el sol y la luna juntos en el cielo. Sky no. En eso éramos diferentes. Vaya dos.
Pero también necesitamos a alguien... a alguien que nos suavice las verdades con rayos de sol y que nos rescate cuando nos estamos muriendo y nadie se da cuenta. Ahí entraba yo. Debbie, la niña que nunca fue una niña pero sin embargo deseaba serlo con todas sus fuerzas. Yo creía en la esperanza, en que algún día nos despertaríamos por la mañana y estarían el sol y la luna juntos en el cielo. Sky no. En eso éramos diferentes. Vaya dos.
5/11/10
Looking for her
Si alguien no se quiere spoilear GRAVEMENTE de mi historia, que no-lea-esto ò_o
Primero lo supe por el ruido ensordecedor que me despertó de pronto aquel atardecer de domingo. Me había quedado dormida en el sofá y me daba vueltas la cabeza. Desorientada, miré por la ventana que daba afuera y lo vi. El humo que ascendía por la pequeña calle perpendicular a la avenida, ésa que iba hacia el Hospital. Vi esa niebla gris horrible que dejaban las bombas al estallar en las colinas junto a la bahía. Até cabos. Aquella tarde Nate no estaba en casa. Había ido a... casi me desmayé.
Con el corazón y los pulmones hechos un nudo, tropezando, corrí escaleras abajo. Sin embargo, aún no había pruebas, no era seguro... Pero una aterradora corazonada me decía que sí. Casi echaba a volar cuando abrí la puerta de la entrada de par en par, crucé el jardín y me lancé calle arriba. El humo era más denso, se me metía en los ojos y me asfixiaba, pero no más que la opresión que notaba en el pecho.
Y oí los gritos de la gente, y un gran edificio... en ruinas... Grité. Saqué toda mi alma en ese grito, y me dolía todo, me quise morir porque ya no quedaba nada. Se me doblaron las rodillas. No veía bien. Por el humo, por las lágrimas. Todo me parecía vacío y sin sentido, y sin embargo ahí estaba el Hospital, derruido, en llamas... Era lo único que parecía cobrar sentido dentro de mi cabeza. Así que me levanté, desangrándome por dentro, me dirigí hacia allí... Un hombre con cara de aflicción me paró. Todos muertos, dijo. No, todos no, respondí. Nate no. Nate no. Pero algo en la cara de aquel hombre...
-¡No!
Y aquel hombre rompió a llorar, y entendí que él también debía haber perdido a alguien. Pero no me importaba. Porque yo quería a Nate, y lo quería ahí mismo. Con once años, enroscando un mechón de mi pelo en su dedo índice y explicándome cómo hacían los nidos las aves. Lo quería con diecisiete, gritándonos cosas que los dos habríamos preferido olvidar. Solo me quedé con su cara risueña y su corazón de latidos desiguales.
-¡No!
Y aquel hombre rompió a llorar, y entendí que él también debía haber perdido a alguien. Pero no me importaba. Porque yo quería a Nate, y lo quería ahí mismo. Con once años, enroscando un mechón de mi pelo en su dedo índice y explicándome cómo hacían los nidos las aves. Lo quería con diecisiete, gritándonos cosas que los dos habríamos preferido olvidar. Solo me quedé con su cara risueña y su corazón de latidos desiguales.
Aquel día unas palabras se me grabaron a fuego en la cabeza. Quemaban.
Ya. No. Está. Contigo.
Ya. No. Está. Contigo.
Así que, odiando a todo lo que seguía respirando, odiando al viento por no dejar de aullar en mis oídos, odiando al mundo por seguir girando, corrí hacia el único lugar donde había algo que podía salvarme. Entré en el cielo sin llamar.
Llegué a mi habitación resoplando. Y le encontré sentado en mi cama, y la claraboya abierta, y el humo entrando en mi casa. En cuanto me miró con esos ojos que te desgarran rompí a llorar como una niña pequeña, me arrodillé en el suelo y empecé a gritar entre sollozos, y mis palabras amargas rebotaban en las paredes y empecé a desfallecer.
-He visto el humo desde el tejado. El Hospital, ¿qué ha pasado? Ya no está.
Le odié por decir esas cosas tan obvias que me apuñalaban una tras otra. No se movió. No pude soportar su mirada de comprensión, que después evolucionó en compasión y finalmente en una tristeza más honda que nunca. Más te valdría estar muerta, pensé, así que me levanté rompiéndome y me encaramé a la claraboya, y me detuve a observar el mar, que se extendía frente a mí, azul y opaco. Vi el jardín trasero, y la calle. Unos veinticinco metros. ¿Moriría? Seguramente.
-He visto el humo desde el tejado. El Hospital, ¿qué ha pasado? Ya no está.
Le odié por decir esas cosas tan obvias que me apuñalaban una tras otra. No se movió. No pude soportar su mirada de comprensión, que después evolucionó en compasión y finalmente en una tristeza más honda que nunca. Más te valdría estar muerta, pensé, así que me levanté rompiéndome y me encaramé a la claraboya, y me detuve a observar el mar, que se extendía frente a mí, azul y opaco. Vi el jardín trasero, y la calle. Unos veinticinco metros. ¿Moriría? Seguramente.
Me senté tranquilamente en la repisa que daba al vacío, con los pies colgando. Uno, dos, tres. Y unos brazos me agarraron por detrás y me obligaron a retroceder. Di gracias a Dios por tener a Sky ahí cerca. Él sí que sabía lo que valía la pena y lo que no. Me abrazó y perdí todo el oxígeno en los pulmones, y de nuevo las lágrimas recorrieron mis mejillas y se posaron en sus brazos, como si le quisieran más a él que a mí. Malditas lágrimas. Traidoras. Él no paraba de susurrarme cosas al oído, parecían trozos de canciones, una detrás de la otra, tan rápido que empecé a marearme, y de pronto dijo:
-Nunca, nunca, nunca, Deb. Nunca hagas eso. Te odiaré si lo haces.
-Cállate –yo sí que le odiaba. No me dejó matarme.
-¿Sabes? Cuando te conocí pensé que deberías estar muerta.
-¿Por qué...? –ya dejé de luchar contra mí misma y me dejé caer, pero Sky estaba allí para recogerme, como siempre.
-Porque Dios no puede dejar vivir a un corazón tan grande como el tuyo. Pero ahora lo veo, no debes estarlo, no. El mundo te necesita, yo te necesito. Y si Dios no ha permitido que mueras hasta ahora, no tienes por qué adelantarlo. ¿Me oyes?
Lloré como si me fuera la vida en ello, y le odié y le quise más que nunca.
-No llores. Una vez oí que las lágrimas son trozos del alma. Y creo que a la tuya ya le faltan suficientes cachos como para la rompas más.
Quise decirle que su voz me mataba, que sus ojos encendían hogueras en los míos, que en ese momento le necesitaba porque yo no era yo y el mundo era más hostil que nunca. Y me faltaba medio corazón, pero no se puede vivir solo con una mitad.
-Nunca, nunca, nunca, Deb. Nunca hagas eso. Te odiaré si lo haces.
-Cállate –yo sí que le odiaba. No me dejó matarme.
-¿Sabes? Cuando te conocí pensé que deberías estar muerta.
-¿Por qué...? –ya dejé de luchar contra mí misma y me dejé caer, pero Sky estaba allí para recogerme, como siempre.
-Porque Dios no puede dejar vivir a un corazón tan grande como el tuyo. Pero ahora lo veo, no debes estarlo, no. El mundo te necesita, yo te necesito. Y si Dios no ha permitido que mueras hasta ahora, no tienes por qué adelantarlo. ¿Me oyes?
Lloré como si me fuera la vida en ello, y le odié y le quise más que nunca.
-No llores. Una vez oí que las lágrimas son trozos del alma. Y creo que a la tuya ya le faltan suficientes cachos como para la rompas más.
Quise decirle que su voz me mataba, que sus ojos encendían hogueras en los míos, que en ese momento le necesitaba porque yo no era yo y el mundo era más hostil que nunca. Y me faltaba medio corazón, pero no se puede vivir solo con una mitad.
De aquella noche no recuerdo mucho, sólo las lágrimas y los besos debajo de la sábana. Y después miramos las estrellas a través de la claraboya, que nos observaban como millones de ojos curiosos y brillantes.
-Joder, Deb. Dónde has estado toda mi vida –lo susurró a salvo en el hueco entre mis omóplatos y sentí un escalofrío.
-Joder, Deb. Dónde has estado toda mi vida –lo susurró a salvo en el hueco entre mis omóplatos y sentí un escalofrío.
30/10/10
It was you.
Sky me enseñó sus cicatrices. Una por una. Me dolían hasta a mí. Empezando por las muñecas: “Éstas me las hice a los dieciséis después de que mi hermano se fugara con su novia. Me dejó solo con mi padre. Eso fue como matarme, así que preferí acabar antes. Pero mi padre me pilló, y ya sabes, aquí nacieron mis cicatrices en el pecho.”
Y cosas así. Casi prefería que no me lo contara, pero yo soy muy egoísta, ¿sabes? Solo lo consentía para poder oír una frase más pronunciada por sus labios.
- Ésta... -susurró, llevándose la mano a la espalda. Se apartó un poco la camiseta y, apretando los labios, pude ver una cicatriz larguísima que le cruzaba la columna- ... Ésta también es de mi padre. En realidad, todas son de mi padre –entendí el porqué de ese “problemas en casa” de cuando le vi por primera vez-, excepto esta de aquí.
Vi que se tocaba el corazón, y me alarmé. No era posible que... como Nate...
-¿Qué...? ¿Quién? –balbuceé.
-Tú, Deborah Howler –había tristeza en su voz, como siempre, pero también algo más-. Has sido tú.
Y cosas así. Casi prefería que no me lo contara, pero yo soy muy egoísta, ¿sabes? Solo lo consentía para poder oír una frase más pronunciada por sus labios.
- Ésta... -susurró, llevándose la mano a la espalda. Se apartó un poco la camiseta y, apretando los labios, pude ver una cicatriz larguísima que le cruzaba la columna- ... Ésta también es de mi padre. En realidad, todas son de mi padre –entendí el porqué de ese “problemas en casa” de cuando le vi por primera vez-, excepto esta de aquí.
Vi que se tocaba el corazón, y me alarmé. No era posible que... como Nate...
-¿Qué...? ¿Quién? –balbuceé.
-Tú, Deborah Howler –había tristeza en su voz, como siempre, pero también algo más-. Has sido tú.
8/10/10
6/9/10
Ojos azules y calcetines de rayas
-¿Por qué cierras los ojos?
Disfracé mi ansia por contemplar esos trozos de cielo con una pregunta completamente inocente.
-De vez en cuando va bien olvidarse de todo lo que te rodea -le miré sin comprender-. Escapar del caos... Sumirte en tu oscuridad.
-¿Oscuridad? Me da miedo la oscuridad. -no tuve reparos en admitirlo.
Él negó con la cabeza.
-No he dicho la oscuridad. La oscuridad es horrible, te traga, te consume. He dicho tu oscuridad, la que ves cuando cierras los ojos, esa oscuridad que parece negra pero no lo es. Esa oscuridad es amable. Te abraza, porque es tuya.
Yo no estaba de acuerdo.
-Pero a veces... a veces tienes que abrir los ojos y mirar a las otras personas, para ver si están tristes, o simplemente quieren compartir algo. Porque llegará un momento en que...-tragué saliva- alguien te va a necesitar, y tienes... tendrás que estar ahí para ese alguien -desvié la mirada.
Abrió los ojos, esos ojos extraños y desiguales que yo no comprendía. De nuevo dijo algo que me descolocó.
-Tú me quieres.
Me atraganté con mi propio aire. No había dicho "¿Tú me quieres?". No había ni un rastro de duda en esa frase. Era una afirmación. Simple y llanamente. Él no podía saberlo... ¿lo sabía? Acababa de demostrar que sí.
-No -dije.
Siempre se me dio mal mentir. Él sonrió.
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